Sostenibilidad & Ecología

La omnipresencia del plástico

Al segundo día de mi llegada a la casa de mi familia anfitriona, mi hostmom me explicó cómo funcionaba la recogida de basura en Alemania y su sistema de reciclaje. Lo que puedo decir al respecto es que fue una de esas sacudidas culturales memorables.

El reciclaje es obligatorio

Para empezar, me enseñó como separaban los residuos en la cocina: el papel, el plástico, los residuos orgánicos y otros materiales no reciclables. Para el papel reutilizan una bolsa de papel grande de una tienda, para el plástico usan un cubo gris, para la basura orgánica un cubo negro en el que se ponen bolsas de papel y para el resto un cubo pequeño con una fina bolsa de plástico. 

Estos recipientes se vacían en unos contenedores de tamaño medio (cada vivienda tiene cuatro) que serán vaciados por el sistema de recogida una vez al mes. Si te olvidas de sacar el contenedor fuera tendrás que esperar hasta el mes siguiente para que lo vacíen. Este servicio tiene un precio que se factura anualmente. Además, la basura no reciclable se cobra según las veces al año que se recoja siendo el mínimo cuatro. 

En otras palabras, pagas por la basura que generas. Esto lo puedes llegar a notar incluso en la calle en donde apenas hay papeleras/cubos de basura.

Te dan dinero por las botellas

Además, podría decirse que por cada botella que recicles te dan dinero. Pero el asunto es un poco más minucioso: las bebidas embotelladas tienen un leve recargo de unos 0,25€, pero puede variar y es inferior si la botella es de cristal. El importe extra de la bebida te lo devuelven en forma de ticket descuento cuando devuelves las botellas en las máquinas que hay en la mayoría de supermercados.

De esta forma todos salen ganando pues tú recuperas el importe extra que te han cobrado y además reciclas. Este sistema se llama Pfand y puede servir como una forma de ahorrar tal y como lo explica Andy:

Aunque no solo se aplica a las botellas. También es un recargo que te puedes encontrar en los puestos de bebidas de ferias, festivales o mercados. Por ejemplo, si en un mercado de Navidad compras Glühwein (vino caliente con especias que se bebe en invierno) y cuesta 2€, te cobrarán hasta 5€ más por la taza en que te lo sirvan. El importe extra que has pagado te lo devuelven si tú devuelves la taza.

Reciclar es de hippies

El mismo día en que mi madre de acogida me explicó como funcionaba el reciclaje, fuimos a IKEA a comprar dos pequeños cubos de basura más para mi habitación (ya había uno). De tal forma podría separar toda la basura que generaba. Al principio esto me abrumó ya que nunca había reciclado tanto, en mi casa solo separábamos las botellas de plástico y de vidrio.

Además, ¿alguien recuerda que antes de tener TDT y posteriormente Netflix la mayoría veíamos Neox (uno de los canales de Antena 3)? ¿Y qué a veces emitían spots sobre reciclaje? Bien, pues yo cambiaba de canal en seguida cada vez que echaban uno. De hecho, la palabra reciclaje siempre la he asociado a los memes de la hippie:

Es más, todas las palabras con las que me he familiarizado durante estos meses (orgánico, ecología, vegano, reciclaje, sostenibilidad, etc.) anteriormente hacían que perdiese el interés cada vez que aparecían en lo que sea que estuviese escuchando, viendo o leyendo. ¿Por qué? Eso es lo que estoy intentando averiguar.

La era del plástico

Así pues reciclar fue un hábito que tuve que aprender y con el que descubrí que el cubo de basura que más rápido llenaba era el del plástico. A eso, añádase el hecho de que mi madre de acogida evita usar recipientes y botellas de plástico para guardar comida o bebidas.

Como resultado esos factores hicieron que prestase más atención al material del que estaban hechos todos los productos que utilizaba y que me diese cuenta de la omnipresencia del plástico: todo, desde el cepillo de dientes hasta los embalajes de la comida pasando por algunos muebles, tiene algún elemento hecho de plástico.

Craig Lesson, Un océano de plástico (2016). Documental disponible en Netflix y en Youtube.

Eso fue lo que me hizo pensar en las edades prehistóricas en las que predominaba un material con el que se fabricaban utensilios y herramientas como la piedra, el cobre, el bronce y el hierro. En nuestro periodo histórico predomina el plástico pero, a diferencia de los anteriores materiales, al plástico apenas le damos valor e ignoramos las graves consecuencias que tiene consumirlo irresponsablemente.

¿Por qué desechar tanto plástico debería preocuparnos?

Los residuos acaban en el mar y aunque lo asumimos tranquila y despreocupadamente en realidad debería alarmarnos dada la cantidad de residuos que generamos por persona. Es decir, vivimos como si el mundo y sus recursos fuesen infinitos.

Craig Lesson, Un océano de plástico (2016). Documental.

Buscando soluciones y alternativas

Después de darme cuenta de que el plástico era el principal enemigo pero que era casi imposible escapar de él, me encontré que había gente que se atrevía a intentar vivir sin plástico. Bajo los modos de vida conocidos como #PlasticFree o #ZeroWaste hay cientos de personas que deciden volver usar productos de antaño que eran duraderos y reutilizables —como las maquinas de afeitar de metal— y reparar los artículos que ya tienen en lugar de tirarlos y comprar otros nuevos.

Sinceramente, yo no puedo prescindir de muchas cosas hechas de plástico como los bolígrafos o los recipientes en los que viene la pasta de dientes. Sé que una de las alternativas para dejar de usar plástico en cosmética e higiene personal es un DIY (do it yourself) de pasta de dientes casera, desodorante y otros productos pero recordemos que no me gusta cocinar que requiere tiempo.

Así que lo primero que hice al darme cuenta del impacto de mi consumo de plástico en el ecosistema fue reducir mi consumo del mismo así:

  • Comprar productos en envases de plástico lo necesario. Es decir: pasta de dientes, cremas hidratantes y poco más.
  • Comprar productos veganos o de cosmética natural: los microgranulados de los cosméticos o la pasta de dientes también llegan al mar y los peces se acaban alimentado de eso (y de los microplásticos).
  • Comprar productos libres de embalaje y biodegradables.
    • Champú de Lush que viene “desnudo”.
    • Funda de móvil Pelacase.
    • Cepillos de dientes de bambú.
  • Llevar una botella rellenable a todas partes y algo para picar. Así ahorro y evito comprar cosas envasadas en plástico.

No nos queda otra opción (reciclar no es suficiente)

Hasta ahora todo el plástico que no reciclábamos o no acababa en el mar iba a parar a China que compraba los residuos plásticos que Occidente desechaba. Pero China se ha cansado de ser el vertedero del mundo y anunciaba en enero que dejaría de comprar plástico extranjero desde ese mismo momento.

Sin embargo, Occidente consiguió que China retrasase las medidas contra el plástico extranjero hasta el 1 de marzo de 2018 (debía entrar en vigor el 1 de enero) para así conseguir otros compradores entre los que se encuentran Vietnam, India, Camboya, Pakistán, Malasia y Tailandia. Ahora bien, ninguno de estos países puede adquirir la cantidad de basura que compraba China.

Para acabar, me queda pendiente investigar que medidas ha tomado la Unión Europea y Estados Unidos (los principales exportadores) pero está claro que no podemos seguir consumiendo de este modo o acabaremos enterrados en plástico.

Lee más al respecto:

Artículo en la BBC (8/1/2018): Por qué China quiere dejar de ser el basurero del mundo y cómo eso afecta al resto de los países.

Artículo en El País (10/1/2018): China deja de reciclar tu plástico.

Artículo en RT (13/1/2018): China deja de ser el basurero del mundo: ¿Qué hará el planeta con sus plásticos?

Artículo en The New York Times en Español (16/1/2018): Los plásticos se acumulan en todo el mundo desde que China se ha negado a recibir más desechos.

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